Posguerra

Tras los difíciles años de la República para un Hermandad muy vinculada a la oligarquía conservadora local, el estallido de la Guerra Civil y la violencia que arrastro consigo, se llevaron por delante el patrimonio acumulado durante tantos años. El saqueo de la venerable arciprestal y de la Capilla del Mayor Dolor, sucedidos entre los días 18 al 25 de Julio de 1936, supusieron la irreparable pérdida de la primitiva titular. Su efigie, fotografiada por el Conde de Miraflores, fue reproducida en la mencionada publicación, en la que se aprecia la excepcional calidad de esta imagen de candelero. En dicha obra se nos presenta con las manos unidas en actitud orante. Su tocado monjil enmarca un delicado rostro con profundo gesto de dolor, marcado por la curvatura del arco supraciliar, la mirada baja, nariz recta y perfecta, boca ligeramente entreabierta y trazada sobre un rostro alargado de barbilla tina. Hasta el momento, salvo por los testimonios citados anteriormente podemos decir de ella que es obra anónima del siglo XVIII; que poseía una espléndida corona de plata en su color de la misma época, complementándose con un puñal del mismo metal, que es colocado por fuera del manto, siguiendo la moda de la época. La indumentaria que porta es de terciopelo negro bordado en oro y saya con motivos vegetales y florales ambos propios del siglo XIX.

Y resucitando de entre sus cenizas, nuevamente se inicia su andadura buscando una imagen a la que rendir homenaje. Con muy buen criterio, se decidió acudir a un anticuario, en donde se pudo encontrar algo a la medida de los deseos de aquellos cofrades. Una espléndida Inmaculada de candelero del tipo “sevi11ana” es adquirida allí, siendo adaptada como dolorosa por Don José Lafita en su casa del Patio de Banderas de Sevilla. Dicha escultura posee la cabeza inclinada acusadamente hacia la izquierda como es característico en el Siglo XVIII, surcando el rostro cinco lágrimas de cristal. Posee labios finos y levemente abiertos que se complementan con un modelado elegante y académico expresado especialmente en los pómulos y su mirada, aunque algo retocados. Lo mismo sucede con la barbilla apuntada sobre la que se describe un pequeño hoyuelo, que la llena de candidez y atractivo. Los catedráticos Paiuelo y Hernández Díaz, en una visita a nuestra ciudad en 1975, discrepaba sobre la atribución de su autoría. El primero la adscribía al círculo del insigne Hita del Castillo y el segundo a Pedro Duque Cornejo. Es muy complicado establecerlo con certeza, dado que la Virgen será restaurada en 1942 por Don Sebastián Santos Rojas -aunque en algunas publicaciones se había señalado la fecha de 1957 – quién grabo una leyenda alusiva en el dorso de la imagen, siendo intervenida últimamente por el taller Isbilia en los años 1991-92. Es evidente que la impronta del imaginero Sevillano se ha impuesto sobre el original antiguo, como ha sido frecuente hasta hace muy poco tiempo, en que el escultor transformaba, embellecía y enriquecía la imagen. No solo la consolidaba sino que actuaba sobre ella dejando su sello personal, como ha sido éste el caso.

En 1945 se consolida la refundación como hermandad de varones, para adecuarla a las nuevas normas episcopales impuestas por el Cardenal Segura, por las que se intenta apartar a las mujeres como dirigentes en las juntas de gobierno de las hermandades penitenciales. Es en este tiempo cuando se adquieren los antiguos respiraderos y peana que en 1916 el orfebre Don Manuel Seco lmberg labrara para el palio de la Virgen de las Aguas de la Hermandad del Museo de Sevilla. Más tarde, su hijo Manuel Seco Velasco ejecutaría la corona de plata en su color y el juego de jarras, y se bordarían en Valencia el manto de Salida con la saya a juego, en oro sobre terciopelo negro.

Así se introduciría el paso de palio en esta hermandad, siguiendo el de la Virgen de la Esperanza de la hermandad de la Santa Cruz; que cambio el concepto de paso de Virgen tradicional moronés por los influjos sevillanos, hoy imperantes en casi todas las existentes. El hábito penitencial masculino será túnica blanca con antifaz negro y escapulario de los Sagrados Corazones.

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En 1.956 al considerarse el sábado como día penitencial y no de gloria dentro de la nueva liturgia, se traslada su salida a este día, con el fin de no coincidir con la hermandad del Santo Entierro, que posesionaba la tarde del Viernes Santo, con los consiguientes problemas de retrasos en los horarios.

Un año después, se comienzan los trámites para la aprobación de nuevas reglas, que son presentadas a las autoridades episcopales hispalenses. En ellas se plantea la posibilidad de la coexistencia de dos secciones dentro de una misma hermandad: La primera, de carácter femenino, que mantendría la costumbre ancestral del mantenimiento de cultos internos solo para mujeres; y la masculina, que se haría cargo del resto de actividades, especialmente las externas. Ambas mantendrían sus propias juntas de gobierno.

El 18 de Marzo de 1958, se celebra una reunión de la comisión organizadora de la futura institución con el párroco Don José Armario Ortega, encabezada por su presidente, el señor Don Antonio Álvarez Villalón y el secretario de la misma Don José María Sousa. En ella se informa de la celebración dos días antes de una reunión de sus miembros en la sacristía de San Miguel, con el fin de lograr la aprobación de reglas por los hermanos, logrando, la unanimidad en la votación. Como era preceptivo, se envía la propuesta al palacio arzobispal con dos copias de las mismas, recibiendo registro de entrada un mes más tarde. Junto a esta, se adjunta los hermanos electos para el bienio 1.95 8-60, con el rin de que sean ratificados por el vicario general; con la consiguiente certificación de moral y buenas costumbres, necesaria por aquellos años. La composición de la misma es como sigue:

– Hermano Mayor Honorario : D. Antonio Álvarez Villalón

– Hermano Mayor : D. Juan Álvarez Colunga

– Primer Tte. Hno. Mayor : D. Diego Rojas Lobo

– Segundo Tte. Hno. Mayor : Ángel Camacho Alarcón

– Primer Secretario : D. Manuel Ledesma Oliva

– Segundo Secretario : D. Rafael Álvarez Colunga

– Primer Mayordomo : D. José María Sousa Sánchez

– Segundo Mayordomo D. Antonio Álvarez Colunga

– Primer Censor : D. Juan Diez de la Cortina

– Segundo Censor : D. Francisco Gil Sánchez

– Primer Prioste : D. Francisco Abril Ballestero

– Segundo Prioste : D. Miguel Ángel Arias de Reina Sousa

– Primer Diputado : D. Baldomero Guillén Aguilar

– Segundo Diputado : D. José García Villalón

– Primer Consiliario : D. Edmundo Janer Cramazou

– Segundo Consiliario: D. Bernardo Rojas Lobo

– Tercer Consiliario : D. Adolfo González Palomino

– Cuarto Consiliario : D. José María Janer Cramazou

– Quinto Consiliario : D. Enrique Jonquera Delgado

– Sexto Consiliario : D. Antonio Muñoz Hermosín

El 18 de Abril se recibe el escrito de la hermandad, que es remitido al Ministerio Fiscal para su revisión y reorganización, siendo Vicario General Don Valentín Gómez, dando fe del mismo el notario E. Aguilar. La respuesta de la fiscalía que se emite el 7 de mayo, expone que según el entonces código de derecho canónico vigente, no podían coexistir ambas secciones independientes; mas cuando existía una prohibición expresa de que las mujeres desempeñaran cargos directivos en las mismas. Solo se les daba la posibilidad de que formaran parte de la hermandad masculina como lucro de gracias espirituales, pero sin ningún otro derecho, salvo que se convirtieran las primeras en Pia Unión. Tampoco se considero viable que el número de miembros de la Congregación A femenina tuviera un número limitado a 72, sino que debía ser libre a toda mujer que quisiera asociarse a ellas. Fueron también puestos en tela de juicio la prerrogativa de nombramiento de director espiritual por las esclavas (que es potestad del prelado, la vigencia anual de los cargos que se debía ampliar a un trienio), la anticuada denominación de “indignas” esclavas y la autonomía de gestión económica sin control eclesiástico. De igual modo ocurrió en la regla masculina, aunque no tan profundamente, 7 pidiendo el cambio de varios puntos de índole menor contemplados en las reglas. Así el fiscal Don Andrés García Asenjo concluye sus objeciones, que son refrendadas por el Vicario General, decretando las reformas anteriormente expuestas, que le son comunicadas a la cofradía el 21 del mismo mes.

Con esta decisión de las autoridades religiosas se acabo perdiendo el fin primigenio y la identidad de la congregación matriz, diluyéndola en el seno de la hermandad de varones.

Creemos que esta pudo ser una de las causas que motivaron su rápida desaparición. Su última estación de penitencia por las calles de Morón seria en 1.964, ya que las intensas lluvias del año siguiente dejaron a la imagen bajo las góticas naves de la venerable Parroquia. A partir de aquel año de 1.965, se produjo la disolución de la misma, quedando sus enseres a cargo de Doña Teresa Carmona, esposa de uno de los más relevantes miembros de la hermandad, que a fines de los ochenta depositara en la iglesia de la Compañía de Jesús. Dicho lugar fue escogido como sede de la parroquia provisional durante las obras de restauración del viejo San Miguel, que comenzaron en 1.967, pasando la imagen de la Soledad al altar lateral de la Virgen del Buen Consejo en la antigua casa jesuítica. El cuidado de la imagen estaba a cargo de Doña Carmen Medina y su madre la recordada Mercedes, que con otras personas que poco a poco se fueron añadiendo, formaran la semilla de la que renacerá nuevamente esta corporación. La reapertura de San Miguel y la llegada a principios de los 90 del Rvdo. Padre Don justo Pérez Alcántara irán reactivando poco a poco el interés por todo lo relativo a la imagen como colofón de nuestra Semana Santa, por ser la única cofradía de las extinguidas que aun seguía inactiva. Como persona sensible a las artes y como buen conocedor del mundo de la religiosidad popular, realiza una serie de acciones relativas a la recuperación de la 6 misma, patrocinando la ya citada restauración de la imagen por el Taller Isbilia y aglutinando a su alrededor un grupo de gente responsable y comprometida.